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Bitácora del director

Pascal Beltrán del Rio

¿Quién teme a la alianza?

 

Hace días que se escuchan descalificaciones cada vez más sonoras a la intención de PAN y PRD  de presentar un candidato común a Los Pinos en 2018.
Éstas a ratos parecen tornarse en mofa. Sobre todo hacia la dirigencia nacional perredista, en el sentido de que la posible alianza es para ella un salvavidas.
Eso quizá sea cierto, pero lo más revelador de las críticas –que provienen del PRI y Morena, así como de las voces que son afines a alguno de esos partidos– es el temor que traslucen.
Y es lógico: el PRI y Morena se están preparando para una batalla de dos. Ésta quedó delineada desde la pasada elección del Estado de México.
Ya lo he escrito aquí otras veces: el partido triunfador en la elección de gobernador del Edomex no siempre es el que gana la elección presidencial del siguiente año, pero lo que es una constante es que el primer y segundo lugares de la contienda por el Palacio de Gobierno de Toluca se convierten en los dos partidos que dominan la campaña por la Presidencia de la República.
Tercero y cuarto, respectivamente, en los comicios mexiquenses del pasado 4 de junio, PAN y PRD estarían eliminados de la lucha por Los Pinos, cuando menos en cuanto a los antecedentes.
Lo que podría cambiar la historia es una alianza de los dos partidos. Como también he dicho aquí, el palmarés de las alianzas en elecciones de gobernador es bastante bueno, cercano al 50% de efectividad.
Por supuesto, tratándose de la primera vez que se haría en unas votaciones presidenciales, las posibilidades de triunfo estarían por verse.
Pero ese no sería el único desenlace previsible. Al convertirse la elección presidencial en una contienda de tres fuerzas reales –algo que no se ha visto en la historia reciente–, la irrupción de la alianza obligaría al PRI y a Morena a repensar estrategias y calcular geométricamente sus posibilidades de triunfo. Y eso no gusta nada en uno y otro bandos.
En ese sentido, la alianza PAN-PRD es altamente disruptiva, especialmente si logra replicarse en los estados que tendrán elección de gobernador el mismo día que los comicios federales.
Encima de eso, la alianza reforzaría un estereotipo que priistas y lopezobradoristas han tratado de sacudirse: que ambos provienen de un mismo tronco autoritario.
PRI y Morena se sienten más cómodos dividiéndose el voto comprable y repartiéndose geográficamente el favor de la clase media.
Además, el PRI sabe que sin alianza el voto panista que aborrece a Andrés Manuel López Obrador caería en su buchaca si postula a un candidato que no riña ideológicamente con Acción Nacional. Y Morena sabe que el PRD con candidato propio tendría muchas dificultades para evitar la fuga del voto útil hacia el principal polo de izquierda.
Por eso coinciden en descalificar la posible alianza. No tanto porque ésta pueda ganar –que siempre es una posibilidad, dependiendo del candidato que escogiera–, sino porque descuadra su visión binaria de la contienda del año entrante.
La vehemencia con la que priistas y morenistas rechazan la posible alianza –basta ver las declaraciones que han hecho al respecto personajes de uno y otro partido– habla del temor que tienen de que panistas y perredistas se pongan de acuerdo.
La descalificación ha sido especialmente dura con el grupo perredista de Los Galileos, cuya tarea de puenteo está dando resultados, al menos para sentar a los protagonistas en la mesa de negociaciones.
Las dificultades para lograr la candidatura común siguen siendo grandes. Aún no aparece el personaje óptimo para representar a los dos partidos –más los que pudiesen sumarse–  por lo que los aliados tendrían que superar eso mediante una serie de acuerdos que incluya otras candidaturas y un pacto para gobernar en caso de llegar a la Presidencia.
El acicate para remontar la desconfianza en lo interno y la incredulidad hacia afuera bien podría ser el miedo que traslucen el PRI y Morena cada vez que los potenciales aliados dan un paso más, así sea pequeño, hacia la consumación de su enlace político.

Si tocan y ven que duele, esa debiera ser la señal para seguir adelante. La mofa quizá sea risa nerviosa.
 
 
 
 
 
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