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Pascal Beltrán del Rio

¿2018, una elección plebiscitaria?

Entre 1988 y 2006, las elecciones presidenciales en México fueron contiendas marcadas por la disyuntiva de cambio o continuidad.
En ellas, el candidato del partido del gobierno representaba la opción de continuidad y uno de los candidatos de la oposición –fortalecido en las semanas finales de la campaña por el llamado voto útil–despuntaba sobre los demás opositores y encarnaba la opción de cambio.
De esa manera, en 1988, 1994 y 2006 ganó la continuidad, y en 2000, el cambio.
En la elección de 2012, se desvaneció esa disyuntiva porque la candidata del PAN, Josefina Vázquez Mota, quien teóricamente era la representante de la continuidad, renegó de esa condición –“Diferente”, era su lema– y terminó en tercer lugar, algo que nunca había sucedido con un aspirante del partido del gobierno.
La verdadera batalla se dio entonces entre dos candidatos que portaban el estandarte del cambio: el priista Enrique Peña Nieto y el perredista Andrés Manuel López Obrador, quienes concentraron, entre ambos, casi 70% de los votos emitidos.
Eran dos candidatos que, además, tenían una propuesta que apelaba al pasado. La de Peña explotaba la nostalgia por aquellos que supuestamente sí sabían gobernar, mientras que López Obrador prometía el regreso a un tiempo en que el gobierno resolvía las necesidades de la gente.
A poco más de un año de la próxima elección presidencial –el domingo 1 de julio de 2018– la pregunta es si esa contienda será plebiscitaria o no. Y si lo es, bajo qué concepto.
Hay que decir que las principales fuerzas políticas han tratado de construir un discurso plebiscitario con el que aparentemente irán a las urnas.
Para López Obrador, la elección de 2018 será una batalla entre la moralidad, representada por él, y la inmoralidad, representada por la “mafia del poder”. Para lograrlo, propone, como en 2006 y 2012, un retorno a mejores tiempos del país, de los que él es sobreviviente. Propone una regeneración de la nación, de ahí el nombre de su movimiento.
Acción Nacional –en voz de su vocero y presidente Ricardo Anaya– busca que la disyuntiva sea “PRI o no PRI”. Dice en uno de sus spots: “Regresó el PRI y México no va por el camino correcto. La economía va mal, la violencia aumenta y la corrupción está peor que nunca. El PRI se tiene que ir”.
A su vez, el partido del gobierno ha optado por huir de la apuesta por la continuidad. Quizá porque sabe que la marca del PRI está devaluada y el llamado al optimismo no da para mucho, ha escogido un camino distinto. Las opciones que ha puesto últimamente sobre la mesa son “AMLO y anti AMLO”.
Esto último se nota en el spot que protagoniza Enrique Ochoa Reza. A diferencia de López Obrador y Anaya, el líder nacional del PRI no utiliza los anuncios institucionales del partido para promover su propia imagen sino para generar miedo sobre AMLO, calificándolo de “cínico” y émulo del presidente venezolano Nicolás Maduro.
Y, a juzgar por los hechos recientes, lo está logrando: Una hipótesis, sostenida por algunos datos, señala que en la reciente elección del Estado de México miles de simpatizantes del PAN abandonaron a su candidata, Josefina Vázquez Mota, para apoyar al priista Alfredo del Mazo a fin de que no ganara la gubernatura la morenista Delfina Gómez.
Y hace unos días, en el congreso extraordinario de Morena, se hizo un llamado a que sus militantes difundan que AMLO no está en contra de los empresarios ni tiene nada que ver con Maduro.
Si la próxima elección presidencial se vuelve plebiscitaria, ¿cuál de las tres disyuntivas prevalecerá?
Hay que decir que las tres tienen un gran riesgo para los partidos que las impulsan.
Hacer el plebiscito en torno de la moralidad es riesgoso porque si aparecen más casos de corrupción en la casa de Morena, como los que ya han sido ventilados, la disyuntiva se vuelve irrelevante.
Igualmente, proponer que los electores escojan entre si quieren más PRI o no, puede mandarlos a votar por otra opción opositora que no es el PAN. Señaladamente, López Obrador.
Y convertir al tabasqueño en la figura central de la elección, así sea mediante denuestos, puede terminar haciéndole propaganda al odiado y temido rival.
Como sea, la experiencia electoral reciente muestra que sólo hay espacio para dos en la boleta. Los demás candidatos tienden a rezagarse.
En todo esto tendrán que pensar los partidos.

 
 
 
 
 
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