------|Sugerencia| ¡Anúnciate!| Contáctanos | Hazno tu página de inicio
 
SERVICIOS
Carta al Director
Libro de Visitas
Buzón de Denuncias
 
OCIO
Horóscopo
Turismo
Chat
MUNICIPIOS
Ayutla
Azoyú
Copala
Cuautepec
Cuajinicuilapa
Cruz Grande
Igualapa
Ometepec
San Luis Acatlán
San Marcos
Marquelia
Juchitan
Tecoanapa
Tlacoachistlahuaca
Xochistlahuaca
 
 
 
El Primer Sitio en Línea de la Costa Chica

Rehilete

Por: Francelia Jáuregui Rodríguez

En el nombre del padre

Marcial Maciel y Juan Pablo II. Bendición (Foto archivo)

A la larga serie de acusaciones por pederastia (es decir, someter sexualmente a menores de edad) contra Marcial Maciel, el tristemente célebre fundador de los Legionarios de Cristo, se suman ahora las denuncias públicas por parte de dos de sus propios hijos por el mismo delito.

Vale la pena recordar que este sacerdote, ante todas y cada una de las acusaciones que se levantaron contra él, fue amparado por la Iglesia Católica y especialmente protegido por el papa Juan Pablo II y el Cardenal Norberto Rivera Carrera, quien lo refugió de la justicia norteamericana en momentos en que se debatía la posibilidad de dar jurisdicción en aquel país a algunos casos ocurridos en México contra jóvenes que son hoy ciudadanos estadounidenses. Por cierto, en nuestro país (para consolidar, si era necesario, la pésima imagen que ofrece de sí misma la administración de justicia) no hubo autoridad alguna que siquiera tuviese la remota intención de plantearse la posibilidad de considerar una posible investigación judicial de cientos de casos de abusos a menores infligidos por ese sujeto durante décadas.

La respuesta de la congregación ante estos “lamentables hechos” denunciados por los hijos de Maciel, dice ser de “comprensión” ante el “dolor y la pena” que los mismos imponen a la familia afectada por esas conductas desviadas del fundador de la legión, de las que —dicen las autoridades de esta secta integrante de la Iglesia Católica— se vienen enterando últimamente.

Si alguna duda cabía del origen mexicano de la congregación, el cinismo de esta condolencia lo hace evidente, pues sólo es comparable a las mentiras grotescas de la clase política de nuestro país. En México, los grupos de poder (político, económico, religioso, mediático: todos en definitiva se traducen en privilegios para ellos y opresión para la mayoría) parecen tener la convicción de que las palabras tienen el poder mágico de transformar la realidad o al menos el poder (más modesto) de hacer estúpido al que las escucha o lee.

De un plumazo se pretende hacer desaparecer una historia de violaciones constantes a monaguillos y feligreses, ya no sólo por parte de Marcial Maciel, sino de la entera congregación e incluso de la Iglesia Católica en pleno, que ante las constantes denuncias de abusos a menores cometidos por cualquier sacerdote adopta una actitud de complicidad, protegiéndolo y trasladándolo de pueblo en pueblo para que vaya así dejando a su paso una estela de vidas destrozadas.

Tras años de protección al delincuente que nunca fue declarado tal por la justicia mexicana ni por la Iglesia (y mucho menos por los Legionarios de Cristo), se viene a declamar “sorpresa” ante la evidencia de que Maciel había cometido abuso sexual contra menores de edad, cuando esas mismas denuncias sonaron durante décadas, y hallaron siempre la misma respuesta: la humillante indiferencia de las instituciones (religiosas y estatales) hacia las víctimas, y la complicidad de esas mismas instituciones para mantener la impunidad del violador. Volvamos a decirlo: amparado por el Estado mexicano y su justicia, por la Iglesia Católica y el mismo papa Juan Pablo II, santo protector de pederastas y torturadores (con esto nos referimos a la bendición que de su parte “mereció” Augusto Pinochet). Y por supuesto, —volviendo a los amparos de Marcial Maciel— el de la congregación por él fundada, que para eso fue: para tener acceso ilimitado a sus víctimas (con voto de silencio) y para que su poder le sirviera de acceso ilimitado a la impunidad. E impune murió.

Mientras detonan en el mundo y de una manera imparable las denuncias de violaciones cometidas por sacerdotes católicos (parece que la mayoría de ellos entendió muy mal aquello del “dejad que los niños vengan a mí”), la misma Iglesia, que viene quedando cada vez más en evidencia por amparar a estos criminales, se atribuye el derecho de emitir juicios morales contra la libertad que exigen algunas personas de hacer con sus vidas y con sus cuerpos lo que les plazca (y no lo que le dé placer a su sacerdote). Sería preferible que antes de dictaminar que es contranatura el matrimonio gay, considerasen contranatura las relaciones (gays, mayoritariamente) de sus curas con menores de edad. Antes de preocuparse (desinformadamente y desinformando) de las implicancias psicológicas que tendría la adopción de un niño por una pareja de lesbianas, deberían admitir la pulverización psicológica de miles de niños que han sido objeto de la satisfacción genital de tantísimos curas.

Pero, desgraciadamente, mientras el día de hoy el hermano del papa Ratzinger, Benedicto XVI, está envuelto en un escándalo por este mismo escabroso tema, en nuestro país se continúa practicando la intolerancia religiosa (algo que nada tiene que ver con la prédica y el ejemplo de Jesús), el fanatismo más primitivo y se presentan flagrantes y constantes violaciones a la laicidad del estado, e incluso la imposición mediática de esa misma religiosidad carente de reflexión, acompañada por una doctrina de la resignación como virtud religiosa (con una estampa de la virgen de Guadalupe para hacerla más “mexicana”) a través del canal que busca imponer a su propio gallo copetudo en la presidencia de la República (Dios nos libre de un presidente que tenga semejante deuda con Televisa), entre otras cosas, trasmitiendo para todo el país la escena de su candidato y su “primera actriz” notificando su próximo casamiento al papa que en estos días ha de estar bastante ocupado teniendo que lidiar con esas incómodas denuncias de violaciones a miembros del coro de la catedral de Ratisbona (Alemania), dirigido por su hermano, George Ratzinger. Lo imaginamos con el mismo nerviosismo de una adolescente que se sospecha embarazada. Lo imaginamos rezando porque no se le presente el ángel vocero de Dios con la noticia de que existió una víctima femenina en la que el espíritu santo engendró una criatura que habrá de llamarlo “tío”.

 
 
 
© 2005 - Periódico El Faro de la Costa Chica. Derechos Reservados.